miércoles, 9 de febrero de 2011

Eric


Queridos Margaritos:


Tras el tercer capítulo vuelvo a las andadas. Textos de capítulos futuros que os puedan gustar. O no. ¿Quién sabe?




Era como el trago más largo de una botella de Tequila. Llamativa. Tentadora. Ardiente. Un vicio al que cualquiera querría engancharse. Locura hecha delirio. Embriaguez en su máximo apogeo. La droga sofisticada que te pierde en el laberinto de los deseos. El humo de su cigarro creaba corrientes de desenfreno y el sonoro clack de sus tacones funcionaba mejor que el mismísimo flautista de Hamelín. Incontrolable como los días de lluvia. Perspicaz ante cualquier situación caóticamente opaca. Cuando se dejaba ver por las calles hasta el murmullo se callaba para ver el contoneo de sus caderas de acera en acera. Sonreía y propagaba la corriente eléctrica a toda la ciudad. Y, qué decir de la breve subida y bajada de sus pestañas, o del ligero movimiento de sus rizos negros , que rompía cuellos por doquier. No había alma que pudiera controlar ese espíritu jovial ni su belleza implacable. Los nervios afloraban a cada gota de sudor que mojaba su blanca frente. Brillante. Mágica. Compleja en su sencillez. Y blanca, que no pura. Blanca como las sábanas en las que se fundía cada noche impregnadas de la fragancia a lavanda que adornaba su piel.

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